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sábado, 16 de diciembre de 2017

La última víctima del Titanic.

Fue en 1943 cuando a Joseph Goebbels se le ocurrió la idea de llevar al cine los acontecimientos del Titanic, el famoso transatlántico que, tras chocar contra un iceberg en su viaje inaugural de 1912, se hundió en aguas del Atlántico con 2.200 pasajeros a bordo. Murieron más de 1.500. Uno de los mayores naufragios de la historia ocurridos en tiempo de paz, que el Tercer Reich utilizó en tiempos de guerra para glorificar al pueblo alemán e intentar desacreditar a los aliados.



La película contó con el presupuesto más alto de la historia del cine germano hasta ese momento y fue encargada directamente Herbert Selpin, un afamado director alemán con pocas simpatías con el partizo nazi que había debutado en 1932 con «Chauffeur Antoinette». Sin embargo, tras 23 películas, tuvo la mala suerte de que le llegara este proyecto que le costó literalmente la vida. Tal es así, que se le conoció a partir de entonces como «la última víctima del Titanic».



El filme cuenta la historia del famoso trasatlántico, cuya construcción había supuesto un esfuerzo tan grande para la naviera White Star Line que su presidente, Sir Bruce Ismay, intentó batir el récord de velocidad en el viaje inaugural a toda costa. El objetivo era obtener la confianza de los inversores, sin atender a las advertencias del oficial alemán que viajaba a bordo del barco como segundo piloto. Las señales de peligro estaban ahí y solo parecía verlas este hombre. Hasta que se produjo la colisión y afloraron la cobardía de los ingleses y el heroísmo de los pasajeros alemanes que viajaban en tercera clase.


Desde el principio del rodaje, Selpin se mostró reacio a seguir las indicaciones de Goebbels, que parecía interesado únicamente en resaltar la mezquindad de los pasajeros ingleses durante el desastre. Las discusiones entre el director y el guionista, Walter Zerlett-Olfenius, eran continuas. Selpin no podía soportar que el rodaje no avanzara debido a la juergas de los oficiales de la Marina nazi llegados para asesorarle, que se dedicaban a cortejar a las actrices más que a realizar su trabajo.


Tras un viaje a Berlín para filmar algunas escenas en un estudio, mientras el resto del equipo se quedaba en el puerto de Gotenhafen para rodar otras, el cineasta comprobó que no habían avanzado ni un solo plano. Cuando fue a pedirle explicaciones a su guionista, éste defendió a los condecorados oficiales aduciendo que, con la cruz de hierro en el pecho, estos podían hacer lo que les diera la gana sin que él tuviera autoridad para llamarles la atención. Selpin, entonces, hizo el comentario sarcástico que jamás debió haber hecho: aseguró que las condecoraciones de sus uniformes les habían sido asignadas por las mujeres que habían conquistado más que por sus méritos de guerra.


Zerlett-Olfenius no solo presentó su dimisión, sino que viajó a Berlín y denunció a Selpin. El director fue detenido por agentes de la Gestapo y llevado en presencia de Goebbels, que intentó por todos los medios que se retractase de lo dicho. No tuvo éxito y, al día siguiente, fue encontrado muerto en la celda, ahorcado con sus propios tirantes.


Werner Klinger fue el encargado de terminar de rodar «Titanic», con la prohibición explícita de Goebbels de que nadie mencionara el nombre de Selpin durante las semanas que quedaban de producción. El ministro de Propaganda también tuvo que amenazar al equipo para que obedeciera las órdenes de un reincorporado Zerlett-Olfenius, que tenía a toda la plantilla en su contra tras la traición al anterior director.


El montaje final de Klinger fue brillante y la película llegó a estrenarse en la Francia ocupada con gran éxito, en la Navidad de 1943. El objetivo era recuperar la enorme cantidad de dinero invertido en la cinta. Sin embrago, Goebbels prohibió su proyección poco después en Alemania, pues las escenas del hundimiento de Selpin eran tan reales que el ministro de Hitler temía que fuera a desmoralizar a su pueblo en tiempos de guerra y bajo la incesante lluvia de bombas de los aviones enemigos. Millones de euros de presupuesto y la vida de una respectado director para que luego «Titanic» ni tan siquiera llegara a las salas germanas bajo el Tercer Reich.


La película sí llegó a estrenarse en la Alemania Occidental una vez terminada la guerra, aunque fue inmediatamente retirada de los cines por la nefasta imagen que daba de los ingleses. Los soviéticos dejaron intactas las escenas en las que se criticaba a los británicos, pero la despojó de todas las soflamas nazis, proyectándola después en la Alemania Oriental con muy buenas críticas.


La maldición de esta película, sin embargo, no se detuvo en la muerte de Herbert Selpin. El barco en el que se rodó, el Cap Arcona, fue hundido por la aviación británica tres semanas antes del fin de la guerra tras haber sido confundido con un navío militar. Murieron los más de 5.000 heridos y prisioneros de los campos de concentración que iban a bordo. Mientras, la protagonista, Sybille Schmitz, fue marginada por la industria del cine y acabó suicidándose sumida en una fuerte adicción a las drogas y al alcohol.






Fuente
Aqui

miércoles, 22 de marzo de 2017

Pedro González, el canario que inspiró «La Bella y la Bestia»

La historia que protagonizaron Pedro González y su mujer Catherine a finales del siglo XVI y principios del XVII era digna de permanecer en la memoria colectiva y así lo supo ver Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve (La Rochelle, 1695; París, 1755), que se basó en ella para escribir el cuento de «La Bella y la Bestia» que después retomaría Jeanne-Marie Leprince de Beaumont.

Petrus Gonsalvus (o Pedro González), nacido en Tenerife en 1537, sufría de hipertricosis, una afección congénita caracterizada por el crecimiento excesivo de vello. Siendo aún un niño de 10 años, este guanche descendiente de menceyes fue llevado como presente a Europa.

El historiador Roberto Zapperi, autor de «El salvaje gentilhombre de Tenerife» (editorial Zech), cree que fue enviado como regalo desde Canarias a Bruselas, donde se encontraban el emperador Carlos V y su tía, que en esa época era la gobernadora de los Países Bajos, y que es muy probable que durante la travesía hacia Bruselas, Pedro González fuera capturado por corsarios franceses para entregarlo como obsequio a Enrique II.

Pedro González y su esposa


Su llegada a París suscitó una gran curiosidad. Giulo Alvarotto, enviado diplomático del rey de Italia en la corte francesa en esas fechas, describió cómo «su cara y su cuerpo está recubierta por una fina capa de pelo, de unos cinco dedos de largo (9 cm.) y de color rubio oscuro, más fina que la de una "marta cibellina" y de olor bueno, si bien la cubierta de pelo no es muy espesa, pudiéndose apreciar bien los rasgos de su cara».

Zapperi explica que «su aspecto insólito, por la rareza de su vellosidad, despertó la curiosidad de algunos príncipes, quienes al no poder ver en persona a don Pedro y sus descendientes mandaron que se los retratase».

Era el ejemplo del mítico «hombre salvaje», tan en boga en Europa en la época y Enrique II, que se percató de su inteligencia, hizo lo posible por «civilizarlo», instruyéndole en latín y otras lenguas e inculcándole refinadas costumbres sociales.

En la corte parisina, «el salvaje de Canarias» vivió protegido por el rey, que lo integró en su servidumbre. González trabajaba como ayuda de cámara, formando parte de la cadena humana que llevaba la comida al rey, y debía mostrarse cuando el monarca se lo pedía. Enrique II le concedió el tratamiento de Don, por ser descendiente de un rey guanche.

Tras la muerte en un torneo de Enrique II, Pedro González pasó a depender de su mujer, la reina Catalina de Médicis, que le concertó un matrimonio. Catherine, una joven parisina de gran belleza, conoció horrorizada a su peculiar pareja el mismo día de la boda aunque cumplió la orden de la reina y al parecer, congenió con su velludo marido.

Del matrimonio nacieron seis hijos (Madeleine, Enrique, Françoise, Antonietta, Horacio y Ercole), cuatro de los cuales heredaron la hipertricosis de su padre.

Antonieta González

«Pedro González y sus hijos peludos no dejaron nunca de ser una propiedad valiosa, curiosos objetos de coleccionista de los que se podía presumir ante conocidos y amigos y que también podían regalarse. De este modo, tras la muerte del rey francés, la familia al completo pasó en forma de presente a manos de Margarita de Austria, gobernadora de Flandes y duquesa de Parma, y posteriormente fueron heredados por el hijo de ésta, Alejandro Farnesio»,

González falleció en 1618 en Capodimonte. Tenía 80 años, algo también inusual para la época.



Fuente: Aquí